Vaya por delante (máxima expresión de que se aproxima un palo) que George Clooney me parece un buen actor: natural, intuitivo, expresivo, ya sea dentro de los ‘fregados’ en que le implican los hermanos Coen, o en otros papeles menos cómicos y encantadores (“Buenas noches y buena suerte”; “Syriana”). Pero, Matt King, padre de dos hijas demasiado ocupado con su trabajo y superado por una súbita realidad en forma de una mujer en coma y dos hijas que atender, ha sido demasiado para él. No es lo mismo la introversión que el hermetismo, igual que no es lo mismo la aflicción que la pesadumbre, y es en estas diferencias de grado donde queda en evidencia que la simbiosis de Clooney con su personaje no se llegó a producir.
“Los Descendientes”, además, es el primer film en el que su director,
Alexander Payne, escribe el guión a seis manos, y sin su coguionista de toda la vida, Jim Taylor. Una circunstancia de base que no resulta ajena al hecho de que una película suya tenga, también por primera vez, música de fondo para subrayar emocionalmente ciertos momentos, y de que la lograda tenacidad del agridulce tono narrativo de sus anteriores cintas, y una de las mejores bazas de sus obras, aquí flaquee por -bastantes- momentos.
Sin embargo, aún reconocemos al creador de “Entre Copas” y de uno de los mejores cortos de “Paris Je T’aime”,
“14e arrondissement” , en un control del rigor argumental mucho más decidido que el de tantas películas
indies al uso, un sutil y mesurado desarrollo y desenlace de sus dos principales premisas capaz de convertir resoluciones buenistas en realidades plausibles, y alguna atrevida decisión (un saco de boxeo emocional con forma de accidentada en fase terminal). Y ojo con la interpretación de la hija mayor, Shailene Woodley.
Una historia, pues, cuyo grisáceo contenido y austeras aristas han sido rebajados con un extra de calidez, en su punto óptimo para convencer a los miembros de la Academia.
